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Elegir con Responsabilidad

Que los padres buscamos el bienestar de nuestros hijos es una verdad incuestionable desde el punto de vista de la teoría evolutiva y del orden social en el que estamos inmersos. En los últimos años, sin embargo, el entorno social ha cambiado muchísimo. Hoy día no es concebible que los padres, la familia, la tradición, elijan la profesión o el matrimonio de los hijos.

Uno de los cambios importantes que se ha dado en la sociedad occidental, con el paso de los años, es el de valorar la libertad de elección de la persona como la base fundamental de su felicidad. Y posiblemente así sea. Elegir comernos un helado de chocolate en vez de uno de vainilla porque el chocolate nos gusta más, va a darnos, sin duda, mayor satisfacción. No obstante, hay situaciones en los que la libertad de elección no genera bienestar, necesariamente, si no, por el contrario, ansiedad y malestar. Qué pasaría, siguiendo con el ejemplo de los helados, si en lugar de chocolate y vainilla hubiera 148 sabores para escoger? Más aún, si de los 148 sabores no hubiéramos probado 130 y, para colmo, si el sabor que escogiéramos fuera el único que pudiéramos comernos  el resto de la vida? Probablemente la libertad de elección y su amplísima gama de posibilidades no resulten del todo favorables.

Esto es, básicamente, lo que ocurre hoy en día con la elección de una profesión. Las posibilidades, las opciones, han aumentado exponencialmente al mismo ritmo que la desorientación y ansiedad de los adolescentes que están presionados a escoger UNA profesión lo antes posible. He aquí el principal problema: la ampliación de la libertad sin su contrapeso de responsabilidad. Y es que sin información suficiente sobre el enorme número de carreras disponibles y sin la comprensión y entendimiento de las propias competencias y preferencias, la multitud de posibilidades solamente confunden y entorpecen la elección.

El psicólogo Jorge Yamamoto en su estudio sobre la felicidad, afirma que entre las condiciones básicas para la felicidad humana están: definir metas que estén de acuerdo con la propia personalidad y escala de valores; y que exista un equilibrio entre los recursos y las metas. ¿Conoce, realmente, el adolescente qué metas se ajustan a su personalidad y escala de valores? ¿Cómo puede alguien plantearse metas sin saber antes si sus recursos son suficientes para alcanzarlas? Más grave aún: ¿Cómo alguien puede plantearse una meta si no sabe realmente en qué consiste?

Nuestro objetivo es llenar ese vacío. Las pruebas de “orientación vocacional”, desgraciadamente, no lo logran. Hemos emprendido, por eso, el desafío de darles a los adolescentes los recursos necesarios para que se conozcan y encuentren la mayor concordancia posible entres sus capacidades, valores e intereses y las opciones existentes en el mundo laboral, de modo que consigan realizarse profesionalmente y, por tanto, el bienestar que soñamos para ellos.

La profesión que se elija define la identidad. Uno ES, fundamentalmente, aquello que estudió. Además al elegir la profesión, estamos eligiendo, también una actividad a la que dedicaremos, al menos, la tercera parte del tiempo de vida que nos queda. Asumamos, pues, que no basta con ofrecerles a nuestros hijos la libertad de escoger la carrera que deseen. Hay que ofrecerles también, los recursos para que esa elección sea responsable.

Lic. Paula Meneses

Psicoterapeuta


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